Tras semanas de protestas contra el régimen, Irán mantiene una calma tensa mientras las autoridades continúan con medidas represivas que, según activistas, han dejado al menos 2,797 muertos. La violencia surgió por la crisis económica y se transformó en un desafío directo a la teocracia.
El ayatolá Ahmad Khatami, de línea dura, pidió la pena de muerte para los detenidos y amenazó al presidente de EE. UU., Donald Trump, calificando a los manifestantes de “soldados de Trump y de Netanyahu”. En Teherán, la vida parece volver a la normalidad, aunque el acceso a internet sigue restringido y se reportan daños en mezquitas, hospitales y residencias de líderes religiosos.

Mientras tanto, Irán y Estados Unidos intercambiaron acusaciones en la ONU, con Washington advirtiendo que todas las opciones están sobre la mesa para detener la masacre. Exiliados iraníes, incluida la realeza, continúan promoviendo la resistencia desde el extranjero, mientras grupos kurdos realizan ataques de represalia contra la Guardia Revolucionaria.
La represión y el apagón de comunicaciones han limitado la información, pero la cifra de muertos supera cualquier otra ola de protestas en décadas, reflejando la magnitud del conflicto social y político que enfrenta el país.
