El antiguo caudal del Río San Pedro, orgullo de Meoqui y reconocido como Sitio Ramsar, hoy agoniza a la vista de todos. Donde alguna vez corrió un flujo vibrante de vida, queda apenas un charco tenue, un espejo de agua que parece resistirse a desaparecer mientras la tierra cuarteada revela la gravedad del deterioro. Los habitantes observan con inquietud cómo el río se convierte en una sombra de sí mismo, dejando a su paso un silencio inquietante que habla de abandono y desolación.

A lo largo del cauce, los signos de muerte ambiental son imposibles de ignorar: vegetación reseca, troncos partidos por la falta de humedad y un olor a tierra caliente que anticipa un destino alarmante. Las aves migratorias, antes visitantes fieles, hoy sobrevuelan con duda, incapaces de encontrar alimento o descanso. Este colapso natural, acelerado por meses de calor extremo, ausencia de lluvias y presión sobre los mantos acuíferos, se ha convertido en un severo indicador de emergencia ecológica para la región.

Mientras el cielo permanece despejado y la lluvia se niega a regresar, la comunidad mira el charco que queda como si fuera el último latido de un río que definió generaciones. La incertidumbre crece y el temor se extiende: si el San Pedro muere, arrastrará consigo no solo a sus ecosistemas, sino también a la memoria, identidad y futuro de Meoqui. La esperanza pende de un hilo cada vez más delgado.
